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El muro

2024-02-04
Tiempo de lectura: 5 min
El muro de Berlín cayó, pero el mundo vuelve a estar dividido por un muro invisible. El Occidente que enfrentó la Guerra Fría y la política de bloques era más fuerte que en el que vivimos hoy en día, con unas políticas desastrosas y una falta absoluta de fe en nosotros mismos, pero aun así nadie salta el muro hacia el otro lado.

Hace unos días, disfruté en Madrid de la exposición, “El muro de Berlín. Un mundo dividido”, que muestra el mejor ejemplo del conflicto entre el capitalismo y el comunismo: el muro de la vergüenza que dividió la capital alemana durante casi treinta años. Entre los objetos llamaba la atención especialmente la propaganda de ambos bandos, sobre todo en lo relativo a la nueva ciudad que se iba a construir sobre las ruinas de Berlín. Sin embargo, los grandes proyectos para una ciudad modelo socialista acabaron convirtiéndose en puestos de guardia, torres de vigilancia y alambre de espino. El muro se convirtió en la representación más exacta de lo que era el paraíso socialista: una gigantesca cárcel. No hay que dejar de repetir, ya que cada vez se conoce menos la historia, que el muro se construyó para evitar que los que disfrutaban de la dictadura del proletariado pudieran escapar al Occidente decadente. No fue al revés. La construcción del muro en 1961 fue una constatación del fracaso del modelo comunista. Ciento cuarenta personas murieron intentando cruzarlo. 

La exposición también se acerca a los movimientos pacifistas que nacieron entonces como respuesta a la carrera nuclear y al enfrentamiento entre bloques. En este punto es importante señalar que una parte de esos “pacifistas” estaban en realidad dirigidos, a sueldo o como “tontos útiles”, al servicio de los servicios secretos orientales. Por ejemplo, Los Verdes, fueron infiltrados con éxito por la policía secreta de Alemania Oriental (Stasi). Alrededor de una veintena de miembros del partido ecologista trabajaron para la Stasi, siendo el más conocido Dirk Schneider, portavoz de política interior. El actual canciller alemán, Olaf Scholz, fue uno de los dirigentes de las juventudes socialistas (JUSO) del Partido Socialdemócrata (SPD) que se reunió con representantes de las juventudes comunistas de la RDA y del Komsomol soviético en marzo de 1983, en un congreso de las JUSO en el que se condenó a Estados Unidos como responsable “de la peligrosísima escalada de la situación internacional”. En septiembre del mismo año, Scholz acudió a un “Campamento Internacional de la Juventud” en Alemania Oriental, que se celebró bajo el lema “¡La paz es nuestro primer derecho humano! Europa no debe convertirse en Euroshima”. Otro destacado socialista, Gerhard Schröder, que fue canciller entre 1998 y 2005, también mantuvo una estrecha relación con los “camaradas” orientales, incluso con Egon Krenz, último presidente de la RDA, que describió la caída del Muro de Berlín como la “peor noche de su vida”. Schröder mantuvo buenas relaciones con el Kremlin, y tras dejar la política fue presidente de Nord Stream, director de la junta de supervisión de la petrolera estatal rusa Rosneft, e incluso le ofrecieron un puesto en la junta directiva de Gazprom, gasista estatal rusa, que tuvo que rechazar por la invasión de Ucrania. Las buenas relaciones con Moscú continuaron bajo el gobierno de la CDU de Angela Merkel, y ni la anexión de Crimea, ni la guerra en el Donbás, cancelaron los negocios con Rusia. Un idilio que se mantuvo hasta hace bien poco.

Pero volvamos al Muro. La exposición concluye con su caída en noviembre de 1989 y el posterior derrumbe de los regímenes comunistas, destacando el ejemplo polaco y la lucha de Solidaridad. La caída del muro fue una sorpresa inesperada, incluso para Vladimir Putin, que entonces era un oficial del KGB con sede en Dresde y que trabajaba estrechamente con la Stasi, y en aquel momento muchos pensaron que los restos destruidos del muro simbolizaban la derrota final del mito comunista y del bloque soviético. Pero estaban muy equivocados porque no hubo un Nuremberg para los crímenes comunistas y, en muchos países, no se produjo una verdadera “descomunización”. Las élites comunistas se cambiaron la chaqueta y se convirtieron en socialdemócratas o liberales, manteniéndose en muchos casos en el gobierno o en posiciones clave de poder. El mayor ejemplo de este fracaso es Rusia que, desde la llegada al poder del exoficial del KGB, ha vuelto a las antiguas formas, espionaje y columnas de tanques incluidos, y Alemania vuelve a ser un punto central en el nuevo conflicto entre Occidente y Rusia.

En agosto de 2022, un oficial del ejército alemán fue detenido por entregar información sobre material y armas de la Bundeswehr a los servicios secretos rusos (FSB). Unos meses después, era detenido un jefe de unidad del servicio de inteligencia alemán BND por trabajar como agente doble para el FSB y haber entregado secretos de Estado. En octubre, era destituido el jefe del departamento de Seguridad Informática, Arne Schönbohm, por su supuesta cercanía con el entorno del espionaje ruso. En agosto del año pasado, los medios señalaban a Vladimir Sergienko, asistente parlamentario de AfD, por trabajar para el FSB. La lista es interminable y, según las investigaciones de la inteligencia alemana, miles de agentes rusos están activos en Alemania. El “Berlín de los espías” ha vuelto.

La injerencia rusa tiene también su reflejo en España, donde, a pocos días de la ley de amnistía en favor de los separatistas catalanes, dos jueces decidieron prorrogar su investigación contra el expresidente del gobierno regional catalán y prófugo de la justicia, Carles Puigdemont. Una de estas investigaciones es por terrorismo y la otra está relacionada con las reuniones entre agentes del Kremlin y los separatistas catalanes. Precisamente, que el gobierno socialista no aceptase las enmiendas del partido de Puigdemont, que quiere blindarse contra los delitos de terrorismo y traición, provocaron la derrota en el Congreso de la ley de amnistía. Una demostración de que es el separatismo el que tiene la sartén por el mango en el gobierno español. 

Las investigaciones del llamado caso “Voloh” han demostrado la existencia de los contactos con agentes rusos y con miembros del crimen organizado. Uno de esos contactos se produjo el 26 de octubre de 2017, en pleno proceso independentista, cuando Carles Puigdemont se reunió con un emisario de Putin en la sede del Gobierno catalán. El gobierno ruso ofreció su apoyo financiero y militar a cambio de que la Cataluña independiente “fuera una Suiza de las criptomonedas”, aunque el juez señala que el verdadero objetivo era “desestabilizar a la Unión Europea”. El intento de golpe de estado catalán fracasó y no hubo militares rusos, pero el juez cree haber encontrado pruebas de la financiación del Kremlin. El interés ruso en todo aquello que pueda desestabilizar a Occidente no sólo explicaría la campaña propagandística de canales estatales como Russia Today en favor del separatismo, sino también las actividades de políticos como la eurodiputada letona Tatjana Zdanoka, que, según la información filtrada en The Insider, “ha sido un activo de la inteligencia rusa desde al menos 2005”. Zdanoka fue miembro del grupo europeo de Los Verdes/Alianza Libre Europea hasta abril de 2022 (tuvo que abandonarlo por su apoyo a la invasión de Ucrania) y una firme defensora de los “presos políticos catalanes”. También mostró su apoyo en 2013 al líder separatista vasco y exterrorista Arnaldo Otegi, aunque sus campañas desde 2017 estuvieron encaminadas, tanto en España como en Bruselas, en favor del encarcelado Oriol Junqueras, presidente de ERC, y otros golpistas hasta que fueron indultados por el gobierno socialista.  

“Un mundo dividido”, rezaba el título de la exposición. El muro físico cayó, pero el mundo vuelve a estar dividido por un muro invisible. El Occidente que enfrentó la Guerra Fría y la política de bloques era más fuerte que en el que vivimos hoy en día, con unas políticas desastrosas y una falta absoluta de fe en nosotros mismos, pero aun así nadie salta el muro hacia el otro lado. Las fotos de alemanes del Este, checos, polacos, húngaros o rumanos que llenaban la última sala de la exposición mostraban alegría por el fin de la tiranía comunista y esperanza por el inicio de algo mejor. Eso es lo que debemos ser. Hay que recuperar lo que nos hizo más fuertes si queremos volver a derribar el muro.

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